“Estoy mal. Estoy triste”, eso fue lo que me contestó alguien muy querido cuando le pregunté cómo estaba. Suele ser una pregunta de cortesía, una fórmula social, todos lo preguntamos un par de veces al día y en muy raras ocasiones nos contestamos la verdad. Incluso entre íntimos, por no preocupar, disimulamos. Por eso, ese “estoy mal, estoy triste”, tan sincero y desnudo, me hizo pensar. Y recordé una palabra, una ciudad, una utopía: Zihuatanejo. 

Huimos de la tristeza y abundan los libros de autoayuda, el orden de los armarios y los vendedores de crecepelo en plan abracadabra, pata de cabra, que arrasan en ventas. Al parecer existen fórmulas mágicas para espantar los dolores y sentir que tu vida es completa y feliz partiendo de clasificar los calcetines por colores y texturas en los cajones. Los límites de la gilipollez cada vez son más amplios, igual que los consejos bienintencionados, pero absurdos. Porque cuando uno se siente triste y la vida te ha dado un sopapo siempre me ha parecido contraproducente negarse la pena y seguir actuando como si nada pasara. Pero también existe Zihuatanejo.

Zihuatanejo es el lugar en el que se encuentran los personajes de Andy Dufresne y Ellis Boyd ‘Red’ Redding en la película ‘Cadena Perpetua’. Un puerto, un barco, una puesta de sol, un amigo, volver a disfrutar de la libertad y de las pequeñas cosas. “Empeñarse en vivir o empeñarse en morir”, como le dice Andy a Redding. Los sueños son imprescindibles y la realidad simplemente te aplasta a veces. Y los dolores hay que pasarlos, porque no queda otra opción y la de disfrazarlos es sencillamente inútil.

Conociendo como conozco a quien me dijo, sin más y a la primera, “estoy triste, estoy mal”, lo extraño hubiera sido que me contara lo contrario dadas sus circunstancias. Una cosa es ser optimista y soñar con Zihuatanejo y otra ser idiota y negar lo que te pasa mientras ordenas la ropa interior en busca del nirvana.

“Hay quien no le dice la verdad ni al médico”, suele decir mi madre. ¡Y cuánta razón tiene! Ayer, sin ir más lejos, leí:  “En el último barómetro del CIS la mayoría de los españoles afirma que se siente satisfecho con su vida y, aunque se suele levantar antes de las 08.00 y acostarse más tarde de las 23.00 horas, asegura mantener hábitos saludables como hacer 20 o 30 minutos de ejercicio físico frecuentemente, come frutas y verduras y no fuma”. Debo vivir en otro país, porque el que cuenta el CIS ni lo reconozco, ni me lo creo. Entre el atardecer de Zihuatanejo y comer brócoli en un tupperware debería haber un término medio. Son “aquellas pequeñas cosas” que escribió y todavía canta Serrat “que nos dejó un tiempo de rosas, en un rincón, en un papel, o en un cajón”, y que siempre me hace llorar cuando le escucho. Y eso no es malo. Es, simplemente, la vida que me empeño en vivir.

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