A lo largo de los últimos quince años de mi vida profesional he viajado mucho. Lo considero una gran suerte. He tratado con gente de un gran número de países del planeta, y lo califico como una suerte todavía mayor.

En uno de los últimos viajes recalé en los Estados Unidos de América donde presumo de tener buenos amigos. A pesar de que se acostumbra a dibujar al americano medio, como alguien sin pasaporte y pocos intereses, más allá de beber cerveza mala mientras come patatas fritas y jalea un partido de béisbol o de fútbol americano por televisión; la verdad es que yo me he encontrado con muchísima gente abierta, informada e interesada en conocer lo que pasa en el mundo.

Durante este último viaje, tuve muchas conversaciones sobre el "proceso catalán". Los periódicos y televisiones americanas le han prestado una creciente atención, en los últimos doce o quince meses. En concreto me formularon muchas preguntas alrededor de cuestiones identitarias: lo que nos alejaba de España, de porqué después de tantos años, de si había suficiente base histórica para la separación. Intenté explicar que el soberanismo catalán es muy mestizo, como la propia sociedad catalana, y que el peso de la identidad nacional es relativamente bajo, respecto del conjunto de motivos para la separación. Fue en uno de esos momentos, cuando me preguntaron:

–¿De qué pueblo, país o nación del mundo (que no sea el tuyo propio) te sientes más próximo o te caen mejor?

Medité la pregunta durante unos segundos. De entrada sentí un cierto rechazo. Siempre he pensado que generalizar sobre un colectivo tan amplio es (en función de quién lo haga y en qué momento): absurdo, injusto, infantil, propio de gente inculta y, en algunos casos, puede denotar intenciones criminales. Es algo pues que, en general, tiende a parecerme una mala idea.

De todas formas, con el tiempo y muchos aviones de por medio, comprendes que las palabras no siempre tienen el mismo sentido exacto en todas partes. En los EEUU, país formado a partir de gentes de procedencias muy diversas, el origen, etnia, raza, fe religiosa y demás, acostumbran a formar parte de la definición natural de una persona o un grupo de personas. Así, un bisnieto de inmigrantes irlandeses, se continua definiendo, y siendo definido por los demás, como "irlandés", como si este dato explicara algo fundamental de su identidad.

Este pensamiento logró diluir un poco mi animadversión original hacia la pregunta. De hecho logró retrasar otro poco mi respuesta, mientras me lanzaba durante unos segundos más, a razonar si en realidad, siguiendo este hilo argumental, podíamos llegar a la conclusión de que sí hay rasgos que diferencian unos grupos humanos de otros. Naturalmente que sí, los pueblos y las culturas del mundo están formados por individuos con características propias y diferenciadas de sus conciudadanos, pero al mismo tiempo comparten un imaginario colectivo propio, derivado de una historia, territorio e idioma común... Derivado, en definitiva, de la acumulación de las decisiones tomadas de forma colectiva para adaptarse a un determinado entorno. Decisiones estas que, con los años y los siglos, se convierten en tradiciones.

Al final de las distintas series de meditación, hice un trato conmigo mismo, la frase:
–Los italianos son simpáticos.– es obviamente una imbecilidad. He conocido a italianos simpáticos, pero también a auténticos toca-pelotas. En cambio sí es posible hablar en general de la cultura italiana, sus rasgos distintivos y los elementos que nos parecen más o menos atractivos, en función lógicamente, de nuestra emoción y razón particular.

Terminadas mis deliberaciones interiores, y convencido de que mi honor de ciudadano del mundo, no quedaría manchado por el hecho de contestar a la pregunta de mi amigo, me dispuse a meditar la respuesta. Como decía, durante mis viajes he tenido el inmenso privilegio de tratar a gentes de orígenes muy dispares. Pensé en mis amigos alemanes, franceses, ingleses, americanos, australianos, marroquíes, argentinos, mexicanos, canadienses, peruanos, italianos, griegos, irlandeses, escoceses, portugueses, holandeses, checos, belgas, polacos. Repasé mis viajes a China, India, Tailandia, Dinamarca, Austria, Bosnia, Croacia, Eslovenia, El Vaticano, Andorra, Luxemburgo... Y de repente lo supe. Lo supe con una especie de certeza definitiva y ausencia total de mala conciencia por estar generalizando:

–¡Los Españoles!– Medio grité, exultante. Todos los que estaban presentes me miraron sin entender nada y empezaron a reír espontáneamente, como si me hubieran pillado en algún tipo de contradicción.

Unos meses después, me reafirmo en mi descubrimiento personal: la cultura de la que me siento más cerca, excluyendo la mía propia, es la española. Me gustan la tierra, la gente, la música, la poesía, el pan y el vino, el norte y el sur; y escribo este artículo en mi torpe castellano, idioma que me gusta y quiero porque lo siento como medio mío; porque en mis viajes aprendí también, que en comunicación primero hay que compartir el código y fuera de mi Cataluña natal, pocos conocen el mío.

Con ocho apellidos catalanes a mis espaldas, ésta es mi historia de amor con la España que dejamos, con la España de la que en pleno siglo XXI, ejercemos el derecho democrático de separación, ilusionado, sereno, adulto y consciente, para decidir por nosotros mismos sobre todo nuestro entorno inmediato, sin imposiciones. Porque creemos que la democracia tiene que empezar por abajo. Sin rencores y sin odios, para que algún día un español de viaje a Kuala Lumpur, pueda decir que la cultura y las gentes a las que se siente más próximo, son la Catalana y los Catalanes.

Hasta entonces querida España: Adiós. Hasta siempre.

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