El pasado domingo una niña de seis años murió después de salir despedida mientras jugaba con otros menores en un castillo hinchable que salió volando hasta a una altura de 40 metros. Escuché la noticia en la radio y en la tertulia el comentario a continuación: “A los que somos padres se nos encoge el corazón por la tragedia”.

No es la primera vez que escucho una frase semejante, ni será la última estoy segura, pero no deja de sorprenderme esa actitud, esa idea entre algunos de los que han parido y/o criado a un hijo respecto a los que no. Hay quien piensa que las que no hemos engendrado una vida carecemos de alma, no tenemos empatía y nos han extirpado cualquier tipo de sentimiento hacia las criaturas. Menos mal que están ellos para sentir exactamente lo que se debe y que se les encoja el corazón con la medida e intensidad precisa y adecuada ante lo que sucede. Si no, qué sería de nosotros, los zombis. 

El domingo también una conductora ebria y drogada arrolló a seis ciclistas y mató a tres. Como no tengo carnet de conducir ni monto en bici no debería haberme sobrecogido tampoco la noticia. Ayer escuché el escalofriante audio que publicó el diario italiano L’Espresso sobre el naufragio de un barco con 480 refugiados y sus desgarradores llamadas de socorro mientras Italia y Malta se pasaban la pelota y no les auxiliaron durante cinco agónicas horas. Murieron 268 personas, 68 eran niños. Como no soy refugiada, ni italiana, ni maltesa, ni conozco a nadie que fuera en el bote,  ni, por supuesto, tengo hijos, no me explico cómo me afectó tanto.

Algún fallo debo de tener para ver la barbarie día sí y día también en Siria, o en Yemen, o en Sudán del Sur y me den escalofríos, ya que no soy de allí y ni siquiera he estado nunca. Alguien próximo sufre cáncer desde hace años, pero como yo nunca lo he padecido aquí estoy, tan pichí. Y eso que la conozco, que si llega a ser alguien que no, ¡buah! ni pestañeo, vamos. Tampoco me he despeñado nunca por el hueco de un ascensor, así que la noticia de los dos adolescentes que murieron al caerse desde un noveno piso en Madrid ni fú, ni fá.

Evito mirar vídeos y fotografías sobre maltrato animal, la única vez que fui a una plaza de toros me marché a los diez minutos insultando, y eso que solo convivo con una gata, nada sociable y poco afectuosa. Tampoco quise leer -el clickbait tiene sus ventajas- los detalles sobre una violación brutal en Sevilla cuyo juicio ha comenzado ahora a pesar de que que nunca me han agredido sexualmente. Miré el titular y no seguí adelante.

Vaya usté a saber por qué me sigo emocionando cuando veo a un E.T. harinoso tirado en medio de un riachuelo y por qué sonrío en la secuencia en la que la planta de girasoles revive y el corazón rojo reluce en la cámara frigorífica. O el motivo de que no pueda evitar las carcajadas mientras el camarero de El Guateque se va emborrachando aunque lo haya visto veinte veces, igual que con la escena de la millonaria de ‘¿Qué me pasa doctor?’ cuando es placada por el pasillo de un hotel en San Francisco.

Fíjate si soy rara que no tengo hijos y, sin embargo, me preocupo, emociono o disgusto por los de los demás, mientras cada vez estoy más segura de que los que dicen “sólo los que somos padres…” simplemente son bobos. Así, sin más. 

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