“Es que sois muy pesadas, que tampoco es para tanto. Y todo el día dando la tabarra. Venga a quejarse. Que esto ya ha cambiado mucho y no es para tanto. Que ya uno no sabe qué puede decir, ni si hacer una broma no vaya a ser que le llamen machista. Que hay que ver cómo os estáis poniendo”, son algunas de las frases que escucho con regularidad. Ya tengo desde hace tiempo la respuesta estándar, que ni pestañeo, vaya: “Pues aguanta, que me voy a poner todavía más pesada, majo”.

De vez en cuando sí que me suben las pulsaciones. La última vez fue tras una charla con una amiga periodista hace dos días. Resulta que se está gestando un curso de periodismo, unas charlas, que organiza además una publicación con la etiqueta de ‘seria’, de esas de textos largos, ilustraciones cuidadas, bien maquetado todo, con fotos que lucen. Estoy a favor, vaya, sobre todo en los tiempos que corren en que los kioskos sirven para vender cromos, cursos de ganchillo, flamencas, imanes para la nevera o los ‘típicos’ sombreros mexicanos de toda la vida. Soy de esas que me siento en una terraza con un periódico, o en un avión, o en el Ave, o donde sea, y me dan ganas de abrazar al que veo con otro, con la alegría de unos náufragos en una isla. Pues bien, a mi amiga en cuestión le llamaron porque ¡ups! se habían dado cuenta, así, de repente, que no tenían mujeres en el curso. Y, por supuesto, fue invitada a una mesa sobre ‘mujeres y periodismo’.

El que contactó con ella no contaba con que ella es muy ella. Y se llevó lo suyo, claro. “Así que no tenéis a ninguna mujer trabajando, pero me llamas a mí para la cuota y el desagravio, el voy a quejarme de cómo está la situación mientras los demás, los periodistas, hombres evidentemente, hablan simplemente de periodismo, y no de género”. Y le contestaron que en la publicación en cuestión, por favor, escribía una chica joven, una chavala… “que no quiero decir con esto que tú no lo seas”. Y mi amiga: “No, no, si yo ya no lo soy,  pero no tengo ningún problema al respecto. Pero mientras a los demás les llamas periodistas a ella te refieres como chavala”, le apuntó. Al otro lado del teléfono, apurado, el otro justificándose: “Si me conocieras verías que no me estoy explicando bien, yo no soy nada machista, pero es que no encontramos mujeres periodistas”.

Que no encuentran, tócate los pies, pero para demostrar que no es que ellos tengan un problema, sino que no existen porque vaya usted a saber en que cueva estamos escondidas, invitan a unas cuantas para lamentarse sobre la discriminación que sufren. El pez que se muerde la cola. El perro dando vueltas intentando morderse el rabo. El laberinto. La tontuna sin fin. La inconsciencia de no darse cuenta de que formas parte de un sistema, en gran o pequeña escala tal, que a estas alturas, 2017, no “encuentras” a mujeres periodistas deportivas, tienes a una “chavala” currando, pero para quedar moderno invitas a cuatro en mesa aparte para que se quejen y pongan el acento en la desigualdad mientras los señores hablan de la profesión, sin más ni más. Las cosas serias del periodismo son cosa de hombres, pero vamos a invitar a un par para que nos cuenten oooooootraaaaaaa vez qué se siente siendo mujer y periodista. Pues mira, en el caso de que me leas ya te contesto: Hasta el coño. Así, resumiendo de manera vulgar. No te mereces mucho más tampoco. Ni tus compañeros sesudos, ni el jefe de la publicación, ni el ideólogo de "vamos a invitar a unas a ver qué se cuentan" mientras nosotros hablamos de lo que de verdad importa. Del tema. Del periodismo, del oficio, en este caso.

Es que somos unas plastas, vaya. Venga a dar la calda. Pero algunos continúan perpetuando sin ni siquiera darse cuenta los estereotipos hasta el infinito y más allá. Tan cómodos porque, hombre por favor, ellos no son machistas ni lo han sido nunca. Algunos incluso tienen hijas y te lo cuentan así, tal cual, como si tuvieras que darles la enhorabuena porque se acaban de caer del guindo y encima tienen la deferencia, te hacen el gran favor, de invitarte a sus cosas. SUS cosas. Pues mira: “Aguanta, pobrecico, que me voy a poner todavía más pesada, majo”. Y no me pienso cansar. Mi amiga no irá a la conferencia, por cierto. Ellos se la pierden. Por burros. 

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