He estado, y sobre todo disfrutado, de los Sanfermines en varias ocasiones en los últimos años. He salido, de día y de noche, he bailado, he bebido, hablé con tíos que no conocía. Nunca me pasó nada. Y si me hubiera pasado desde luego que la culpa no habría sido mía. En ningún caso.

La culpa no es de los Sanfermines, la culpa no es de la fiesta, la culpa no es del alcohol, la culpa desde luego no la tienen las mujeres. La culpa es única y exclusivamente de los hombres que aprovechan la situación, el tumulto -Pamplona pasa de 200.000 habitantes a un millón durante las fiestas- para comportarse como lo que son: unos bestias. Y de nadie más.

Desde que comenzó San Fermín son ya diez las denuncias presentadas por abusos sexuales que hacen referencia a conductas en las que no media intimidación o violencia, mientras que hay un detenido por agresión sexual. De nada sirven las campañas promovidas por las asociaciones de mujeres, por el Ayuntamiento, la alerta social que provocó la presunta violación del grupo que se llama a sí mismo ‘la manada’ a una joven el año pasado. De nada porque siguen existiendo esos hombres que no salen de fiesta, salen de caza, llevan chapas con la leyenda “chupa y calla” y no entienden que no es no.

¿Y qué hacemos? ¿Suspender los sanfermines el año que viene? Es ridículo. Que me prohiban también volver sola de noche a mi casa en Barcelona, porque según las estadísticas me pueden atacar y violar. Incluso matar. Que me prohiban tener relación con los hombres de mi familia si no hay alguien delante, porque según las estadísticas la mayoría de agresiones sexuales son cometidas por alguien del entorno. Que me prohiban llevar shorts en verano y escote por si acaso estoy provocando, invitando a que me toquen o me digan guarradas, por golfa. Y ya no digamos ir a la playa en bikini o hacer top-less, que entonces claramente me lo estaré buscando y lo mínimo que me puede pasar es que alguno me grabe y se masturbe. Que me prohiban ir a un concierto y bailar, porque entre tanta gente me pueden tocar el culo o restregarse. Que me prohiban ir en transporte público, porque también me puede pasar.

La solución no pasa por recluirme en casa, salir solo acompañada de mi marido o de un hombre que vele por mi seguridad y taparme hasta los tobillos para no ir provocando. No. La culpa no la tienen los Sanfermines. He estado, he salido, he comido y bebido, he hablado con tipos que no conocía y no les sobé, ni les insulté, ni les agredí, ni les violé. Como no soy la excepción, sino la regla, la única conclusión posible es que la culpa la tienen los hombres, los machistas, la manada, los bestias. El resto es puro ruido, un debate inútil, una pérdida de tiempo y una lamentable manera de desviar el foco. Y punto.

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