El próximo mes de septiembre se cumplen 14 años desde que me vine a vivir a Barcelona. Recuerdo que en el mes de agosto de aquel año, volviendo de Madrid en avión justo antes de aterrizar y mientras miraba por la ventanilla la silueta de la ciudad pensé, sentí por primera vez: “Mi casa”. Y se lo dije a mi marido, toda contenta: “Desde que me marché de Madrid es la primera vez que me pasa, que vuelvo y siento que vuelvo a casa”.

Antes, en el mes de marzo, se había producido el atentado del 11-M que yo viví con inmensa pena desde Barcelona. Recuerdo la mañana lluviosa y a Santi, mi marido, entrando en la habitación diciéndome que había habido un atentado en Madrid. Legañosa y medio dormida, encendí enseguida la televisión y no daba crédito a lo que veía. Atocha, la estación por la que tantas veces pasé ya que yo vivía en Alcorcón con mis padres hasta pasados los 25, llena de humo, de heridos, de ambulancias, de muerte y horror. Y recuerdo que lo primero que hice fue un repaso mental. Por la hora que era, ¿había alguien cercano que pudiera estar en Atocha? Fui repasando, con el frío y el miedo metido en el cuerpo y empecé a llamar por teléfono. Tuve suerte; no, no había nadie.

Ayer me sucedió lo mismo, pero al revés. Las primeras llamadas fueron de amigos de aquí en un grupo de wthasapp. Un “¿estáis todos bien”. Y poco a poco, fuimos contestando. Mis amigos de aquí, y los de Madrid, saben que acostumbro a ir al Mercat de la Boquería a comer. Ayer no estaba. Santi había ido a la rueda de Prensa de presentación de Paulinho y salió del Camp Nou a las tres. A la ‘boke’ se va sin prisas, para disfrutar no solo de la comida, sino sobre todo de la conversación con los del ‘Kiosko Universal’; Alfonso, Antonio, Benja, Arza, Dani, Borja. Y con Eduardo el de la frutería. Y Manel el pescadero. Y echarse unas risas, dar unas voces -siempre con el fútbol como excusa- y alargar el café. Ayer había prisa, así que ni nos planteamos ir a la ‘Boke’, pero el teléfono no dejó de sonar durante toda la tarde.

Mi madre, alarmada, fue de las primeras, mientras escuchaba de fondo a mis sobrinas: “¿Están bien la tía chuches y el tío Santi?”. Amigas íntimas, con las que mantengo contacto casi diario y otras y otros con los que hacía años que no hablaba. Guasapps preguntando si estaba bien, si ‘todos’ estábamos bien, palabras de cariño, un “sabéis que os quiero aunque no os lo diga mucho”, periodistas con las que coincidí en algún momento y que se interesaron desde París, otra amiga desde Brasilia, ex compañeros de Marca, donde ya hace casi cuatro años que no trabajo. Y pensé que, dentro de la tragedia, tenía una suerte infinita. Primero por no haber ido a comer a la Boke -hoy pienso ir como que me llamo Gemma Herrero- y segundo por sentirme tan querida. Por todos esos mensajes y llamadas de cariño y preocupación sincera que recibí.

Desde hace 14 años siempre digo que tengo dos casas, dos hogares, uno en Madrid y otro en Barcelona. E igual que me sentí orgullosa de la respuesta ciudadana en Madrid aquel terrible 11M, también me inflé de pura satisfacción por la cantidad de barceloneses que hicieron cola en los hospitales para donar sangre, por los taxistas que ofrecieron sus coches gratis para llevar a los afectados hasta el hospital más cercano, para los que ofrecieron sus casas, sus tiendas, los hoteles para esconderse y para, en fin, ayudar en lo posible a todos los que lo necesitaban.

Hace 14 años cuando era yo quien llamaba a Madrid, aquella noche y en los días siguientes me dijeron todos, sin excepción, lo mismo: “No te imaginas el silencio que hay”. Hoy lamentablemente me puedo hacer una idea, porque ese silencio, ese dolor se había colado ayer por todas las calles de Barcelona. Por esta Barcelona que es mi casa, ese Mercat de la Boquería donde tengo amigos y es el mejor remedio ante las preocupaciones de la vida diaria, porque es imposible irse de allí sin unas risas muy ricas bien echadas. Volveré hoy a pasear por la Rambla y a comer en la ‘Boke’, y a brindar por la vida, por la suerte, por mis amigos, por la gente a la que quiero y me quiere. Porque eso jamás me lo podrán quitar los hijos de puta.

T’ estimo Barcelona.

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