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Filibusterismo, jetas y gilipollas

A finales de este mes cumplo 14 años viviendo en Barcelona. Estaba aquí, por lo tanto, el 11 de septiembre del 2012, cuando más de un millón de personas se concentró en la calle para celebrar la Diada y también para reivindicar que Catalunya fuera un Estado independiente. Me impresionó lo que vi. Desde entonces ‘el asunto catalán’, como muchos se empeñan en llamarlo como si fuera un bicho, no ha hecho más que crecer hasta llegar hasta ahora, hasta hoy, hasta ayer, a la Ley de Transitoriedad, al ‘bueno, pues molt bé, pues adiós”, esa frase que el jefe de los Mossos Josep Lluís Trapero pronunció y se hizo viral y que ahora la mayoría del Parlament se la ha aplicado al dedillo. Bueno, pues molt bé, pues adiós España.

Desde mi casa en el barrio de Sant Antoni he recibido llamadas desde Madrid preguntando, ¿pero qué está pasando? Los sorprendidos me fascinan, lo admito. No será porque no estaban avisados. No será porque no se lo he contado personalmente a algunos, no será porque era predecible. No será por nada de eso, no. Es justo por lo contrario, porque la mayoría de españoles han decidido desde hace años no escuchar y que gobierne el PP a pesar de la corrupción sistemática, de los escándalos, de los Bárcenas y los Gürtels, de la crisis, de la precariedad laboral, de los jóvenes que emigran, de los recortes en sanidad y en educación. A pesar de todo. A pesar de los pesares. ¿Y qué ha hecho el PP durante este tiempo con ‘el asunto’? Nada. Na-da. Mariano Rajoy es especialista en el arte del inmovilismo, en estarse quietecito mientras espera a que todo se solucione solo sin que él tenga que intervenir más que para dar largas peroratas sobre economía que pocos entienden. Del ‘asunto’, nada. Jamás ha querido dialogar. Y él es el presidente que han elegido la mayoría de los españoles.

La bronca, el bochorno vivido en los últimos días en el Parlament ha sido de vergüenza ajena, pero el referéndum sigue adelante. Ese referéndum que el PP se ha negado una y otra vez a que se realizara apelando a una sacrosanta Constitución que al parecer debe estar escrita en mármol como las Tablas de Moisés. Eso sí, cuando se cambió en el 2011 en un plis-plás el artículo 135 bajo el mandato de Rodríguez Zapatero con el apoyo del PP en un mes, por vía de urgencia y sin referéndum para tranquilizar a los mercados y que la Troika no nos hiciera papilla, nadie se rasgó las vestiduras como se las están destrozando ahora, a jirones.

Es curioso... Ayer el Banco de España anunció que da por perdidos 42.590 millones de dinero público de los 56.865 que aportó el Estado al rescate bancario, ese que no nos iba a costar un euro a los ciudadanos. 42.590 millones, léanlo despacito, piensen en la cifra un momento. Ese momento que no dedicaron ayer ni en Moncloa ni en el Parlament. Ni en Madrid ni en Barcelona. Ni en España ni en Catalunya. ¿Para qué? Con lo entretenidos que estamos todos con la ruptura y las frases grandilocuentes. El tsunami de la democracia frente a la muerte de la democracia en vivo y en directo en nuestras pantallas, ¡pasen y vean, qué espectáculo! No había un día mejor que el de ayer para admitir que nos han robado 42.590 millones de euros. Son unos jetas, tienen más morro que un vagón de osos, pero desde luego gilipollas no son.

Y mientras, aquí y allí, siguen sin hablarse. Ya para qué. Ya está. El choque de trenes se ha producido. Unos aprueban la Ley de Transitoriedad a toda máquina, rápido, corre que te corre, que así se piensa menos, ’bueno, pues molt bé, pues adiós’, mientras el Tribunal Constitucional la tira por tierra. Unos ya se han cansado de pedir que aprueben un referéndum legal en Catalunya y han decidido hacerlo por las bravas y otros se echan las manos a la cabeza mientras se han negado al diálogo durante los últimos años.

La falta de respuesta política para un problema que sin duda lo era ha sido flagrante y durante los dos últimos días hemos visto en el Parlament como unos hacían filibusterismo con el único propósito de entorpecer lo inevitable y otros iban a lo suyo, a aprobar una Ley que prevalecerá por encima de todas las demás porque así lo han decidido ellos y trocotró. Porque lo digo yo y punto y final. 

¡Aaah! El filibusterismo. Cuando la política o la vida me decepciona -algo que sucede con frecuencia- siempre acudo a capítulos de la serie The West Wing, que tienen el poder de apaciguarme como el Apiretal calma a los niños. Ayer recordé un capítulo de la segunda temporada, ‘El obstruccionista Stackhouse’, un senador de poca importancia que comienza primero a leer recetas de cocina, luego a Dickens, más tarde normas de juegos de cartas. Se debía aprobar la Ley del Bienestar social, con 6.000 millones de presupuesto y él pide 47 millones más para el autismo infantil antes de que se lleve al Senado a Josh Lyman, un consejero del presidente, que se lo niega. 

Así que durante nueve horas un señor de más de 70 años no puede dejar de hablar, ni sentarse, ni comer, ni beber agua, ni apoyarse. Por fin Donna, la secretaria de Josh, cae en la cuenta que Stackhouse no está contando la receta de langostinos fritos por el placer de fastidiar, sino que tiene un nieto autista. Entonces, el presidente Bartlet despierta a otros 28 senadores, también abuelos, para que le pregunten y que así el viejo Stackhouse pueda al fin sentarse y descansar. La Ley, claro está, no se aprueba, pero el presidente entiende que deben dialogar, repasar, mejorar, escuchar. C.J. Cregg (mi preferida) le escribe a su padre al final del capítulo: “Esta noche he visto de pie a un hombre sin piernas y gritar a un tipo sin voz. Y si la política saca lo peor de la gente quizás es la gente la que saca lo mejor”.

Hace años que no era optimista con la resolución del ‘asunto’ porque ni aquí ni allí parecían querer entenderse, negociar, escucharse, hablar, ni conocerse un poco siquiera. Ni un solo paso han dado para ello. En la Diada del próximo lunes volveré a ver a miles de personas alzar la voz en las calles de Barcelona, de eso estoy segura, pero el ambiente ya se ha envenenado tanto y todo me resulta tan agrio careciendo además como carezco del gen nacionalista, que no espero ya ni lo mejor, ni lo peor. No espero nada y encima se han 'perdido' 42.590 millones de euros. Pero, eso sí, siempre me quedará The West Wing. 

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4.5 out of 5 stars
  • Gracias Gemma por tu aportación, que una vez más, prueba lo injustos que, muchas veces, son los prejuicios sobre los que os dedicáis al periodismo deportivo. Como si ello os impidiese ver, analizar y comunicar sobre lo que sucede más allá del deporte.

    Entiendo y comparto casi todo lo que dices y además te considero, sin ninguna connotación negativa de las que tanto se llevan últimamente, realmente equidistante. Vives la realidad catalana y te esfuerzas en comprenderla.

    La situación actual, considero que en gran parte es fruto del cinismo con el que se habla de la sacrosanta unidad de la patria y sobre todo de respetar la Constitución.

    A los independentistas, nos han repetido insistentemente que sin violencia se podía hablar de todo. Y cuando lo hemos intentado, insistentemente, sin violencia alguna, nos repiten sin inmutarse: Primero hay que cambiar la constitución, para poder plantear vuestras demandas. Si queréis hacerlo, es muy fácil, seguir el procedimiento establecido en la misma.

    Lo que trasladándolo a términos deportivos, sería algo así como que el requisito indispensable, para cambiarla fuese el siguiente:

    - inscribirse, participar y terminar 100 Ironman en un máximo de 30 días

    Y cuando contestases que, evidentemente, eso es imposible, te mirasen sonriendo y te respondiesen "Sigue entrenando, que algún día lo conseguirás"

    Es tan absurdo, que una vez superados los 100 Ironman, en un referendum a nivel estatal, se podrían dar estos 2 hipotéticos escenarios, en la práctica imposibles aunque válidos como ejemplos:

    1º) Que el 100% de los catalanes votasen a favor de la independencia y perdiesen por el peso ampliamente mayoritario del voto fuera de Cataluña.

    2ª ) Que el 100% de los catalanes votasen a favor de permanecer en España y fuesen expulsados por el peso del voto mayoritario exterior.

    Es evidente que algo falla.

    Para terminar, me encanta que escribas sobre temas no deportivos, así no pones el dedo en la llaga de los que somos aficionados del Barça y estamos pasando por momentos bastante duros, ya que cuando lo haces, aunque lo entiendo y respeto, desaparece la equidistancia.

    Gracias

    Xavier

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