Una noche me desperté sobresaltada. No, no era un mal sueño. Por el patio se escuchaban claramente los gemidos de un perro y un sonido metálico que no supe identificar. Me asomé y por el vidrio tintado de la parte baja de su terraza se adivinaba la figura de un perro.

El sonido metálico era la cadena con la que estaba atado a la reja del balcón. Al fin de semana siguiente los alaridos del pobre animal comenzaron por la mañana y siguieron durante la noche. Fui al portal, deduje de qué piso se trataba y llamé; no había nadie así que lo siguiente fue llamar a la policía que se presentó en mi casa y comprobaron desde la terraza de mi patio cómo, efectivamente, el perro lloraba y gemía.

“No podemos hacer nada porque no hay nadie en casa”. El perro estuvo atado todo el fin de semana solo en la terraza. El lunes volvieron sus amos y desde mi casa le solté a la señora mientras tendía que si no le daba vergüenza tratar así a un animal, que había llamado a la policía y que el perro no había dejado de gemir durante todo el fin de semana; ni me contestó y se metió para dentro. La situación siguió exactamente igual las siguientes semanas: el perro siempre atado a su cadena metálica, llorando día y noche. Volví a llamar a la policía y finalmente acudí a una protectora de animales que fotografiaron desde la casa de la vecina de al lado al animal “porque debía probarse que existía maltrato”. Una mañana, después de no pegar ojo por los aullidos lastimeros del pobre perro yo estaba tendiendo y volvió a salir la señora. Le grité. Y también al resto de vecinos que oían, como yo, al animal. Porque lo imposible era no escucharle: “¿Es que no pensáis hacer nada? ¿Es que no lo estáis oyendo? ¿Es que no os da vergüenza?”. Lo siguiente fue hacer un cartel que pegué en su portal con celo, por dentro y por fuera en el que se leía: ‘En el Segundo B se está maltratando a un animal’. Nadie se atrevió a despegarlo. A los dos días el perro ya no estaba allí. Espero que encontrara un buen hogar. 

42 mujeres asesinadas hasta la fecha en España. Miles de denuncias de acosos y abusos sexuales. Una campaña que se ha hecho viral en las redes con la etiqueta #MeToo y #YoTambién que atestigua la gravedad del problema al que nos enfrentamos las mujeres en todo el mundo. De hecho, no conozco a ninguna con la que haya hablado de asuntos personales que no me haya confesado que en algún momento de su vida no haya sufrido algún tipo de acoso o abuso. Se ha hecho público lo que en privado nosotras nos llevamos contando desde tiempos inmemoriales. Y sin embargo, me sigue sorprendiendo la normalización que se hace del escándalo. Otra muerta a manos de su ex pareja. Aumentan las denuncias. Actrices, europarlamentarias y deportistas, entre otras muchas, contando públicamente sus casos. Las estamos escuchando, leyendo. Están ahí gritando alto y claro, suenan las cadenas y los llantos. ¿Es que no vais a hacer nada?

Por si sirve de algo, que me sumen también a mí. Porque sí, a mí también me ha pasado. Relataré aquí solo las experiencias menos graves. Como aquel señor que una tarde regresando yo del colegio de camino a casa, me paró en la mitad de lo que ahora es un parque y entonces un pequeño descampado, para enseñarme su pene antes de que pudiera escapar corriendo. O el que se restregó de manera tan evidente contra mí en el metro que empecé a insultarle mientras él se dirigía al resto del vagón afirmando que yo estaba loca y añadiendo que “más quisiera yo que él se me acercara”; nadie dijo ni pío y yo debía tener unos 16 años y él debía rondar la cincuentena. En las discotecas me pasaron episodios semejantes, los que aprovechando la multitud se arrimaban demasiado. O los que venían a ‘hablar’ vestidos con piel de cordero y una gran sonrisa y en cuanto les dabas calabazas comenzaban a insultarme. Los ‘hits’ eran:  Pero ¿qué te has creído tú? Tampoco estás tan buena. ¡Menuda gilipollas! Y por supuesto los zorra y puta venían a continuación señalándome a sus amigotes, que siempre, siempre, reían la gracia al gilipollas de turno.

En mi vida laboral, como redactora de deportes desde muy joven, recuerdo a un señor casado que trabajaba en el Real Madrid que me llamó un día para comentarme que su señora estaba fuera de casa y que si nos veíamos. Ni qué decir tiene que al señor en cuestión le había tratado y conversado siempre sobre asuntos estrictamente profesionales, así que decidí desde bien temprano que siempre que quedara para una reunión o una comida, con un jugador, representante, directivo o lo que fuera que yo había acordado, le pedía a un compañero de la sección que me acompañara. Dudo que ninguno de mis colegas masculinos hayan tenido jamás que pedir que les acompañasen en esas mismas situaciones. 

Otro clásico es el de las habladurías; que me había liado con varios futbolistas, o con algún jefe. Si no de qué hubiera llegado a trabajar en la sección estrella del periódico, vamos. En ambos casos para cuando yo me enteraba que circulaba el rumor ya había corrido por media Ciudad Deportiva o media redacción. En el segundo, por cierto, fue una ‘compañera’ el que lo hizo circular en una cena con otros redactores del diario y uno de ellos, amigo, me advirtió. Jamás la volví a dirigir la palabra, que fue la mejor decisión, porque por entonces no me controlaba tan bien como ahora, y eso yo ya lo sabía, así que no acercarme nunca más a ella fue una gran elección, porque creo que habría recurrido a la violencia y no precisamente verbal. Sí, también hay mujeres así. 

En una comida oficial del FC Barcelona de Navidad, la primera a la que acudía para más señas -ésta ‘anécdota’ ya la he contado en otras ocasiones, pero por si se enganchan ahora a la programación volveré a hacerlo- un directivo no paró de hacer bromas machistas. Insisto en que era la primera a la que iba, llevaba sólo tres meses en Barcelona y le conocí allí, en esa comida. Bromas como que “se solía decir que estaba bien tener a mujeres en la mesa porque en un momento dado se podía tirar la servilleta al suelo y te hacían una mamada”. El resto de compañeros se reían a carcajadas mientras yo alucinaba. En la mesa había otra periodista, que cuando el presidente del club comenzó su discurso se levantó para conectar el micro a la grabadora. Fue entonces cuando el directivo ‘elogió’ sus pechos y cuando los demás empezaban a reírse estallé y con toda la vehemencia de la que soy capaz le solté: “Ahora cuando venga, cuando vuelva a la mesa, se lo dices a la cara. Que menudo par de tetas tiene. A ver ti te atreves”. Se hizo el silencio en la mesa.  El presidente habló y en cuanto terminó todos se dispersaron sin decirme adiós siquiera. Me hicieron sentir que había ‘aguado’ la fiesta. Yo, no él. Sólo uno se me acercó y me dijo al oído: “No todos somos aquí somos así”. Se lo agradecí, aunque no hubiera tenido el valor de decirlo en voz alta. 

Hace poco en una tertulia, debatiendo con un periodista sobre no me acuerdo qué exactamente, su argumento en un momento dado fue el de imitarme en plan “ñiñiñi” y haciendo aspavientos con las manos con el objetivo de ridiculizarme. La tertulia en cuestión era en televisión, en directo, y me quedé por un lado tan sorprendida y por el otro me subió tal mala leche que opté por callarme hasta recuperar el control de mis emociones para no salir en todos los ‘zappings’ tirándole el vaso de agua a la cara, que era lo que se merecía. Me sentí humillada. Cuando terminó el programa, el resto de periodistas que participaban en la tertulia actuaron como si nada hubiera pasado. Dudo que a un hombre con más de 20 años de experiencia en la profesión le hubiera contestado de esa manera. Me quedó claro que no me consideraba desde luego como a una igual, sino como a una intrusa que no le merecía ningún respeto. Un machista más al que tengo localizado, mira. 

Como escribí antes, estos son los casos más leves. Desgraciadamente he tenido experiencias más graves que no haré públicas. Lo saben los que lo tienen que saber. Por eso, cada vez que una mujer popular por su profesión, sea cual sea, se atreve a denunciar públicamente esos casos más graves me provocan una enorme admiración. Dar el paso, quedar expuestas de esa manera, les debe haber resultado tremendamente difícil. 

El pasado mes de septiembre La Fiscalía General presentó su memoria anual, una radiografía de los delitos cometidos en España durante 2016. El año pasado, según estos datos, no se probó ninguna denuncia falsa por violencia de género. Vamos a escribirlo otra vez: nin-gu-na. Y desde el año 2009 y hasta 2016, el porcentaje de denuncias falsas se situó en el 0,0075%. Con tales números hay ser un machista redomado para seguir insistiendo en que las mujeres mienten cuando se atreven, por fin, a dar un paso tan traumático. No está de más añadir que dar el paso en cuestión ha supuesto una sentencia de muerte para muchas de ellas, asesinadas por sus maltratadores después de atreverse a denunciarles.

En una Eurocámara medio vacía, se debatía el martes sobre el grave problema del acoso sexual a las mujeres. Algunas lo han denunciado en el mismo seno de la institución europea. Porque no, no hay ninguna profesión ni país en el mundo el que estemos a salvo, ni uno solo en el que exista igualdad entre hombres y mujeres. ¡Qué vergüenza tanto asiento limpio! ¡Qué sensación de impotencia!

Nosotras seguiremos peleando, rompiendo silencios de siglos, denunciando, dando pasos adelante, pero si los hombres no tomáis plena conciencia de la gravedad de la situación todos iremos más despacio. Y los acosos, las humillaciones, los abusos, las violaciones, los maltratos, los asesinatos son cosa vuestra, también de los que calláis. Dejad de haceros los sordos. Romped la cadena de una puñetera vez. Ya es hora y vais tarde. 

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