Llegas decidido al colegio electoral. Lo tienes claro: vas a votar al PSC. Iceta te cae bien, parece majo. Y dada la complicada situación que atraviesa Catalunya, crees que la centralidad de los socialistas (no votarías nunca a la izquierda, pero te incomodan formaciones de derechas como C's y PP) hará que la cosa se estabilice y que el gobierno de Madrid se relaje.

Tomas la papeleta, la introduces en un sobre y esperas pacientemente en la cola para ejercitar tu derecho. Levantas la mirada de tu teléfono móvil cada vez que percibes que los que te preceden avanzan y, en una de esas, adviertes que la presidenta de la mesa y un vocal llevan un lazo amarillo en la solapa de su suéter y americana. Conoces bien su significado y sabes de compañeros, amigos y familiares que lo lucen desde hace más de dos meses; pero no le das mayor importancia a ese detalle estético. Sigues a lo tuyo, abducido por el universo paralelo que proporcionan las redes sociales donde la información, desinfomación y emociones exacerbadas (te amo u odio) campan a sus anchas acerca del candidato, líder y jornada electoral sin ningún tipo de filtro. Lamentablemente, se te acaba la batería y tienes que entretenerte con la anodina realidad. Tu mirada regresa al lazo amarillo que lucen las personas que en unos minutos recogerán tu voto y lo depositarán en la urna, pero entonces algo inexplicable sucede en tu interior. Esta vez, el lazo amarillo emana una serie de estímulos adoctrinantes hacia tu cerebro que te obligan a romper el sobre que sostienes en la mano. No sabes qué sucede. Intentas controlarte pero, sin saber cómo, brujería, abandonas la fila y corres a buscar otra papeleta con una lista de carácter marcadamente separatista que defienda la libertad de los presos políticos y condene el 155.

No existe ningún estudio tan específico (por no decir ridículo) que demuestre que la apariencia del presidente y vocales de mesa influya en nuestro voto en el último minuto. Principalmente porque si nos ponemos tan exquisitos (paranoicos), cualquier rasgo físico, complemento estilístico o gesto sería susceptible de ser catalogado como partidista y propagandístico. Una perla como pendiente (pepera), una corbata roja (sociata), un colgante con un crucifijo (cristiano), un flequillo a hachazo (cupera) serían aparentemente elementos estéticos mucho más reveladores y delimitadores de la orientación ideológica de un individuo que un lazo amarillo (cualquier indepe pero también todo aquel que no crea justo que los Jordis y els consellers estén encarcelados mientras los ultras de la Blanquerna, Millet, Urdangarín, Bárcenas o Pujol continúan en su casa tan ricamente).

Si la Junta Electoral estima que el amarillo puede ejercer algún tipo de embrujo sobre el elector en el instante mismo de votar; no sólo debería prohibir la paleta cromática política por completo (azul, rojo, naranja, morado, verde...) o todo ornamento decorativo asignado a un pensamiento o sentir, también debería impedir que interactuáramos con cualquier otro persona (hombre, mujer, travesti, anciano, aristócrata, obrero, zurdo...) u obra humana mientras durara el proceso.

Poco confían los propulsores del 155 en su poder de seducción y en el juicio y fidelidad de sus electores si consideran que una pancarta de libertad en el ayuntamiento (recurso de C's), la iluminación de una fuente (recurso del PPC) o un lazo amarillo (recurso del PSC) puede acabar condicionando, en pleno siglo XXI, su número de apoyos el 21D.

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