Hay un capítulo en la magnífica serie ‘The West Wing’ en el que Sam Seaborn y Josh Lyman, subdirector de comunicaciones y jefe de personal de la Casa Blanca,  van a hablar con Laurie, una amiga de Sam, ‘acompañante’ para más señas. Se sienten acorralados porque el jefe de Estado, Leo McGarry, (un hombre íntegro y honesto) está siendo investigado por su pasado de alcohol y tranquilizantes, se ha filtrado el informe privado de la clínica de desintoxicación donde estuvo seis años antes. Desesperados, Sam y Josh acuden a Laurie para que les dé nombres de políticos de la oposición con los que ha estado para así poder chantajearles. Laurie se niega. Y les escupe: “Vosotros sois los buenos, actuad como tales”. La prostituta es quien les da lecciones. Es ella, en realidad, quien tiene un mayor sentido de la moral y de la ética.

El mundo real suele ser más feo, más sucio y de las cloacas sale más mierda, pero, no sé por qué, recordé ayer el episodio en cuestión de The West Wing.  Si voy al psicoanalista se lo contaré, y ya de paso le daré la transcripción de la comparecencia de Jordi Pujol en el Parlament, a ver si él se aclara con el discurso freudiano de la relación entre el ex president, su padre Florenci el de los millones de la herencia y su mujer Marta. 

Viejo, algo encorvado, con un traje azul y leyendo (él que nunca lo hacía), Jordi Pujol comenzó con un presunto acto de contrición: “Hoy escucharemos intervenciones muy duras, pero ninguna será tan dura como los reproches que yo me he hecho”. Acto seguido, relató la historia de cómo su padre hizo dinero con la Bolsa y el algodón, cómo su padre le “temía y admiraba” a partes iguales y que por ello, le dejó una carta a su esposa, Marta Ferrusola, y no a él: “Para Jordi, tú y los niños para cuando os tengáis que ir”, ponía. Explicó que Florenci Pujol tenía miedo por lo que le pudiera suceder. “Yo no he sido nunca un político corrupto”, proclamó. Y ya está. Muchas de las citas eran de los años 50 y 60. Ninguna de los 80, cuando su padre murió y, al parecer, le dejó 140 millones de pesetas a él. Esa cifra, 140 millones, fue el único dato nuevo que Jordi Pujol ofreció en el Parlament tras el comunicado del pasado 25 de julio en el que admitía haber defraudado a Hacienda durante 34 años. El único.

Llegó entonces el turno de todos los grupos parlamentarios. El formato de la Comisión de Asuntos Institucionales es como es. ¿Qué habría pasado en el caso de que Pujol tuviera que contestar, uno a uno, a los grupos? Ya no lo sabremos. 

Gemma Calvet, de Esquerra Republicana fue la primera en intervenir. Le faltó pedirle perdón por tener que hacerle preguntas. Su incomodidad era evidente. Aunque haya quedado claro que el caso Pujol no ha afectado en absoluto a la consulta que hoy mismo dará un paso más con la firma de la ley por parte de Artur Mas, Esquerra no quiso molestar a CIU para así no erosionar el pacto de gobernabilidad. Todo bien medido y calculado, sí señor. Hay que llegar a gobernar como sea. Hay una meta, y van directos a ella. Ni siquiera su líder, Oriol Junqueras, dio la cara y delegó en Calvet. Que se gaste otro. Él, a mandar.

Y así, fueron interviniendo, uno detrás de otro, Miquel Iceta del PSC, Alicia Sánchez Camacho del PP, Joan Herrera de ICV, Albert Rivera de Ciutadans, David Fernández de la CUP y Jordi Turull de CIU. Salvo Turull, los demás le preguntaron, con más o menos acierto, unos más sobrios, otros más agresivos, por el origen del dinero, el porqué del tiempo que tardó en decirlo, si el dinero provenía de la venta de acciones de Banca Catalana semanas antes de que fuera intervenido, si tenía más cuentas en el extranjero, si estaba al corriente de las actividades de sus hijos y también por el papel de Artur Mas en el asunto. Fueron cayendo, en fin, las preguntas, trufadas en medio de discursos en los que el objetivo era gustarse, aprovechando que el electorado estaba pendiente de la tele, salvo CIU. Turull no hizo ni una pregunta, ni una sola, a Pujol. Aventuraban los analistas y politólogos en los días previos a la comparecencia, que CIU no haría, claro está, sangre, pero sí marcaría las distancias con Pujol. No fue así. Turull se dedicó a hacer reproches al resto de grupos y defendió al ex president. “No hacía falta este linchamiento, no estamos en un plató de televisión”, llegó a decir.

Tras los interrogatorios (excepto CIU), Pujol tomó la palabra. Encolerizado, soberbio, apretando los puños, que le temblaban de pura mala leche, alzó la voz para abroncarles a todos. “Hay un punto de frivolidad. Si todo fuera tan corrupto no se hubiera aguantado. Estoy tan excitado porque me dan pena algunas de las cosas que se han dicho”. Siempre con un tono airado, recalcó que había ido al Parlament a dar explicaciones. Al parecer esperaba un agradecimiento por ello, manda narices. Y pronunció una frase lapidaria: “Si se toca la rama de un árbol caerán todos. Y serán responsables”. Para entonces, David Fernández, de la CUP, ya se había marchado. Había avisado que si no contestaba a las preguntas, lo haría. “Estamos delante de un delincuente de cuello blanco. No basta con pedir perdón, ya ha confesado”, le espetó en su turno.

Sigo sin saber muy bien por qué me acordé de Laurie y del capítulo en cuestión de 'The West Wing'. Porque la realidad de ayer en el Parlament fue más fea, más sucia y rebosa la porquería por las alcantarillas. Pero, ¡eh! hoy se firma la Ley de Consultas. Pasemos página y a soñar con un país ideal, como el de las series de televisión. Donde haya buenos. Y actúen como tales

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