Estaba Antonio Sanz, delegado del Gobierno en Andalucía y presidente del PP en Cádiz, en un mitin en Sanlúcar de Barrameda cuando soltó: “Yo no quiero que en Andalucía mande un partido que se llama Ciutadans, que tiene un presidente que se llama Albert”, mientras la ‘afición’ le aplaudía, plas, plas, plas.

Eso fue el miércoles. El viernes, después de que alguien le exigiera que pidiera disculpas afirmó que, por supuesto, por supuestísimo tiene “una gran admiración y respeto por Catalunya”. Claro que sí. Ya se le notó. No estuvieron mal tampoco las explicaciones posteriores del candidato popular a las elecciones en Andalucía, Juan Manuel Moreno, que en un acto informal con los periodistas admitió que las declaraciones de su compañero habían sido desafortunadas, peeeeeeero, que fueron  realizadas en un “contexto determinado”. 

Lástima que el contexto no fuera el pasillo de su casa, que la idea seguiría estando igual de mal y siendo igual de xenófoba, pero se quedaría entre las paredes de su casa. Porque el señor Sanz tiene un cargo público y lo dijo en un acto público. Ese fue el contexto. Y tras semejantes afirmaciones en un país normal hubiera sido cesado. Pero claro, este no es un país normal. Dejémoslo claro de una puñetera vez. Ni somos una sociedad moderna, ni respetuosa, ni estamos bien educados, ni somos plurinacionales. 

He sido testigo de cómo a mi marido catalán le han dicho a veces en mi Madrid natal que no lo parece en absoluto“porque es muy majo”. El pasado lunes estaba en el programa ‘Hoy por Hoy’ en la Ser, cuando una oyente de Toledo regañó primero al periodista Jordi Martí “porque hablaba con un acento muy catalán” y se despedía después perdonándole la vida a Gemma Nierga “porque eres muy simpática, aunque seas catalana”. En el Camp Nou, una empleada ya jubilada me presentaba siempre de la siguiente manera si estaba hablando con alguien cuando le saludaba: “Aquesta noia es de Madrid, pero es molt maca”. El padre de una buena amiga de Bilbao, abertzale, también utiliza una fórmula similar conmigo: “Es española, pero de las buenas”.

Así que, en fin, lo de Antonio Sanz no me sorprende, pero sí me escandaliza. La extrañeza y antipatía con las que nos miramos no solo no disminuyen, sino que tengo la sensación de se acrecientan. Ojalá esté equivocada. Es cuestión de educación, pero también de curiosidad. De querer saber del otro, de su cultura, peculiaridades y costumbres desde una actitud abierta, con otro ánimo desde una posición diferente al “ufff, me caen fatal”.  Porque cuando escucho, por ejemplo,  a alguien de Madrid decirlo de un catalán, o a un catalán decirlo de un madrileño siempre me pregunto a cuántos conocen de verdad, con cuántos han tratado, cuánto tiempo han pasado juntos, en qué experiencia se basan exactamente para estar tan convencidos de no gustarse y si cuando se encuentran, como van tan predispuestos a despreciarse, ya no hay manera. 

Estamos cargados de manías, de prejuicios y nos parapetamos en nuestros pequeños círculos, en nuestro limitado corral con sus ideas monolíticas. Así que no, no me extraña lo de Antonio Sanz, aunque me escandalice. Sobre todo que no le hayan echado. Y que me da la risa cuando escucho que estamos muy avanzados y somos todos, uy, súper abiertos, sociables y modernos, pues también, mira. 

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