“La cuestión no es si habrá atentados en Europa, sino cuándo y dónde”, le escuché decir al primer ministro francés Manuel Valls que añadió que la amenaza terrorista “está a un nivel sin precedentes” y se mostró convencidísimo de que habrá atentados en breve en Europa o Francia.

Durante esta semana pasada los periodistas Javier Espinosa y Marc Marginedas relataron en sus respectivos medios de comunicación, El Mundo y El Periódico de Catalunya, el horror de su cautiverio a manos de los radicales del Estado Islámico (ISIS). Confieso que cada día empezaba a leerles, me saltaba párrafos enteros con la esperanza de que el siguiente fuera menos terrorífico y terminaba abandonando. El mal existe. Puro y aterrador. Ante tal certeza y tras las advertencias después de Manuel Valls de que “ningún país está a salvo”, que  el espanto está entre nosotros, me pregunté si vivir con miedo es inevitable tal y como están las cosas. Que los gobiernos nos avisen de que el terror nos acecha acrecienta el pavor, pero la táctica de esconder la cabeza debajo de la tierra tampoco nos va a servir de nada.

Vivir acobardado esperando a comprobar dónde será el próximo atentado, sabiendo que se producirá. A esto hemos llegado. Confío también en que los motivos de las autoridades para hacerlo público sean únicamente los de alertar y avisar y que no se utilice una amenaza real para ningún otro fin, pero tampoco está de más reflexionar sobre nuestra indiferencia cuando el horror no se produce cerca de casa. “Somos capaces de soportar una tasa de sufrimiento ajeno realmente sorprendente”, afirmó Martín Caparrós en una entrevista en la Ser en la que hablaba de su libro “El Hambre”. Mientras en Siria estaban siendo aniquilados y llegaban noticias espeluznantes gracias a periodistas como Javier Espinosa o Marc Marginedas, volvíamos la vista hacia otro lado, esperando que pasara de largo, evitando incluso saber muchos detalles para poder seguir viviendo en el limbo de la cómoda ignorancia. Lo que no se sabe, no sucede.

Ahora que ya no podemos seguir ignorando la barbarie es hora también de preguntarse cómo hemos permitido que estuviera sucediendo. Quién les ha financiado, quién les ha proporcionado armas. Quién, por pura codicia, decidió ayudar, promover y engordar a los radicales. Quién seguirá haciéndolo pese a todo, con qué mentira lo disfrazarán, qué excusa pondrán ahora para desentenderse cuando ya es imposible. Cómo, en definitiva, hemos sido capaces de soportarlo y cómo pretendemos seguir haciéndolo. Y ahora, ¿qué?

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