Necesitamos respuestas. Así ha evolucionado la humanidad, porque básicamente, necesitamos respuestas. Por qué sale el sol y se pone, cómo funcionan las mareas, quiénes eran y qué hicieron los grandes héroes y villanos, qué significan las palabras, qué hay detrás de un océano, dónde están los límites del cuerpo, cuándo sucedió algo y por qué a partir de entonces cambió la historia. Respuestas.

Y cuando no las hay, o son complejas, damos vueltas, frenéticos, como los perros que persiguen su cola, para poder entender cuanto antes lo incomprensible. Porque necesitamos una respuesta.

Durante esta última semana hemos asistido a la búsqueda de la pregunta esencial que se planteó a partir de que el fiscal de Marsella, Brice Robin, afirmara en una rueda de Prensa precisa y aterradora por el relato de los hechos: “El copiloto tenía la voluntad de destruir el avión”. La pregunta es: ¿Por qué? Y hasta la foto de Andreas Lubitz en Facebook con el puente de San Francisco detrás ha sido objeto de especulación porque muchos eligen la majestuosa construcción para suicidarse y a partir de ahí hay quien encuentra una conexión.

Hay también una ex novia que cuenta que él le había confesado que quería pasar a la posteridad, como si fuera algo inusual. Estuvo de baja por depresión, como si fuera rarísimo, cuando ya se ha alertado que es un problema de salud pública y la Organización Mundial de la Salud ha afirmado que será en breve la primera causa de discapacidad en el mundo. Como si por el hecho de que sufriera una depresión ya todo tuviese sentido. Es la primera vez en la historia de la aviación comercial que sucede en Europa, pero las aerolíneas se apresuran en plena alarma en anunciar que cambiarán los protocolos para que algo así no pueda volver a suceder. Y habrá dos personas siempre en la cabina, nos tranquilizan, como si el hecho de que el piloto no se hubiese ido al lavabo nos asegurara que alguien con “voluntad de destruir el avión”, no habría llevado a cabo su espeluznante plan.

Busquemos una aclaración rápida. Algo que podamos comprender. Porque era caucásico, no creció en un campo de refugiados, ni bajo el terror islámico radical, no parece tener ninguna motivación religiosa ni política. Nació en Alemania, tenía 27 años, su sueño era ser piloto y se preparó para ello, participaba en pruebas de carreras de fondo, tenía padres que ahora están destrozados y ex novias. Era, en fin, uno de los nuestros, así que hay que buscar una explicación que nos encaje, una respuesta que aplaque el pavor de la única que somos incapaces de responder: ¿Por qué?

Es jodido no entender. Es complicado reconocer que no comprendes, pero a veces también parece que no hemos aprendido nada, o que desechamos teorías porque, simplemente, nos resultan demasiado crudas a pesar de que la historia nos ha enseñado, con hechos y sin especulaciones, que a veces el hombre es un lobo para el hombre. Que la maldad existe. Que aún hoy no abarcamos la complejidad de la mente y el comportamiento y las atrocidades que hemos sido capaces de idear, organizar y ejecutar.

El ejercicio de reducir el mar en una botella en el que estamos tan empeñados para explicarnos lo que era inimaginable hasta hace una semana parece inútil, pero igual tampoco queremos entenderlo cuando lo único que buscamos, como el perro que persigue su cola, es una respuesta.

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