Cuanto más sé sobre la imputación de malos tratos que pesa sobre el ex ministro socialista Juan Fernando López Aguilar a su ex mujer, Natalia de la Nuez, menos quiero saber. No solo por el morbo y la abundancia de detalles íntimos mientras asistimos a las miserias de una relación, sino, sobre todo, porque los clichés con los que se está tratando el caso llevan a pensar que pese a todas las campañas de concienciación sobre la violencia de género resulta que apenas hemos aprendido nada. Y eso es desmoralizante.

Los hechos son los siguientes: El pasado 28 de marzo, Natalia de la Nuez, en trámites de separación del ex ministro, dormía en su domicilio de Las Palmas junto a sus dos gemelos de cinco años. Los bomberos acudieron a la vivienda por una alerta de incendio, la segunda en un mes. Al parecer de la Nuez se había dejado una sartén en la vitrocerámica y los bomberos dieron parte a la policía, que interrogó a los vecinos. Fueron éstos los que contaron a los agentes que habían escuchado durante meses “gritos, insultos, golpes en las paredes y portazos”. A partir de la investigación de la policía, la juez llama a declarar a Natalia, que afirma que López Aguilar la maltrató física y psicológicamente en varias ocasiones desde el año 2000, como indicó la magistrada en la exposición razonada que ha enviado al Tribunal Supremo, que es ahora quien debe decidir.

Juan Fernando López Aguilar, como Ministro de Justicia en la presidencia de Zapatero, fue el impulsor de la ley contra la violencia de género que aún hoy pervive y ha sido apartado de la delegación socialista en la Eurocámara y suspendido cautelarmente de militancia a petición propia. Tanto él como su ex mujer han ofrecido sendas entrevistas a diferentes medios de comunicación, desde la agencia EFE a magacines de televisión matinales, desde que el caso se hizo público. En la última semana la escalada en las declaraciones ha llegado a un punto turbio y retorcido que solo apela al instinto de alcahuetes que miran por el ojo de la cerradura para chismorrear luego en tertulias de mesas camilla y barras de bar.

En la declaración judicial, Natalia de la Nuez relató insultos hacia ella como “foca, apestosa”, “me merezco una mujer con más pecho” o “no vales para nada”, a la vez que describe algunas agresiones físicas como “una vez a cabezazo limpio me hizo una raja en la frente”. Al mismo tiempo, afirma que ante determinados “detonantes” llegaban las agresiones y que “si se hubiera estado callada no se hubieran producido”. López Aguilar lo niega todo y afirma estar deseando poder declarar ante el Tribunal Supremo para limpiar su nombre.

El caso tiene tantas aristas que la estupefacción ha sido general, pero con el paso de los días abundan los perfiles del ex ministro que recalcan que es casi un superdotado que sacó la carrera tras quedarse huérfano con 16 matrículas de honor y cinco sobresalientes y que con solo 32 años ya se había convertido en catedrático de Derecho Constitucional. Además, dibuja caricaturas a nivel profesional. Al parecer, alguien como López Aguilar no da el perfil de maltratador.

Miguel Lorente, Delegado del Gobierno para la violencia de género entre 2008 y 2011, resumía así en La Ventana de la Ser cuáles son las características del maltratador: “Siempre me lo preguntan. ¿Cómo se puede descubrir? ¿Cuál es el perfil? Y siempre digo lo mismo, que son tres: Hombre, varón y de sexo masculino. Cualquier hombre, si lo decide, puede ser un maltratador. No hay condición que lleve al hombre a ser un maltratador salvo su voluntad”. Así que sí, señoras y señores, López Aguilar puede ser un maltratador si así lo ha decidido pese a sus matrículas de honor.

Todos los expertos en violencia de género se han hartado en explicarnos que es transversal. Clase alta, baja y media. Con estudios y sin ellos. Jóvenes, adultos y viejos. Pero tras lo visto, leído y escuchado en la última semana, el mensaje no ha calado. Qué desastre.

No se trata de linchar a nadie, ni de presuponer que es culpable desde nuestro cómodo sofá. Es la justicia la que tiene ahora que investigar y llegar a un veredicto. Personalmente, no tengo ni idea sobre quién tiene la razón y me estremece pensar que uno de los dos esté mintiendo. Y uno de los dos lo hace. ¿Cómo se puede pudrir una relación hasta el punto en el que uno de los dos calumnie al otro ante todos? Qué miseria.

Entiendo la lealtad de los compañeros de López Aguilar, pero no pueden seguir defendiendo que es “un asunto de índole privada”, cuando está ya en el Tribunal Supremo. El propio ex ministro se enfadó por ejemplo en el programa de Susana Griso cuando mostraron declaraciones de su ex mujer: “Es lamentable que me hayan sometido a esta experiencia. Yo quería hablar de mi inocencia y lo demás corresponde al ámbito personal”, afirmó. Que alguno de sus amigos le señale al señor López Aguilar que, para defender su inocencia, ha retratado a su ex mujer como una persona vengativa y desequilibrada psicológicamente que quiere acabar con él porque comenzó una relación con otra mujer. La opinión pública no le está juzgando solo a él, también a ella. “Mi mujer era feliz hasta que enloqueció”, ha llegado a decir, lo que no le deja precisamente tampoco en un buen lugar. Está hablando, públicamente, de la mujer con la que compartió 17 años de su vida y con la que tiene dos hijos. Está feo, oiga.

Otra de las aristas del caso es la polémica generada ahora, AHORA, sobre la reforma de la Ley de Violencia de Género que él impulsó y que sigue vigente. Es curioso, llevan los jueces y los expertos alertando sobre ello desde hace tiempo. Pero no por la indefensión de algunos hombres ante denuncias falsas, que según datos de la Fiscalía en el 2013 solo representaron un 0, 0024%, sino por el desamparo y la falta de medios para las mujeres que siguen muriendo año tras año a manos de hombres violentos, 49 en el 2014, 756 desde el 2003. Un poco de seriedad. Y de decencia.

Que los tribunales hagan su trabajo. Que la justicia actúe. Lo demás no me interesa, porque el retrato de un caso tan peliagudo como éste ha sacado a la superficie a lo peor de cada casa, incluyendo la banalización y el gusto por el morbo en algunos medios. No quiero saber más.

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