Lo que más duele, más allá del contenido, es quien promulga el mensaje. La cara y su voz no tienen fronteras. Mediáticamente la estrategia ha sido brillante. Pocos no se han enterado de que miles de ciudadanos se concentraron el domingo pasado en las fuentes de Montjuïc para pedir el derecho a decidir de los catalanes.

Lo hizo Pep Guardiola, el autor del mejor Barça de la historia, y lo hizo con un discurso contundente que se ha interpretado como un ataque a España sobre todo por aquello de "estado autoritario". Cuando Pep decidió leerlo seguro que era plenamente consciente de que sería objeto de un linchamiento absoluto en algunos medios de comunicación editados en Madrid.

Y así ha sido. En su figura se han centrado muchos palos que se agudizan por culpa de la crispación generada ante la propuesta de referéndum del gobierno catalán ignorada por el Estado Español.

Guardiola es la víctima fácil de un proceso del que, hoy sí, todo el mundo habla dentro y fuera de Catalunya. Si algo ha conseguido el técnico del City es que lejos de su "pequeño país de allí arriba" se pregunten qué está pasando con el "problema catalán".

Se indignan, atizan, pero al mismo tiempo tratan de buscar respuestas a tanta movilización y a tanta insistencia con montar un referéndum. Se montan teorías, se conspira, se recuerda cuando Guardiola firmó como embajador de Qatar y se repite constantemente la imagen de Pep con la camiseta de la selección española. Se sienten traicionados, sin llegar a entender que la situación política actual no es la misma que hace veiente años. Para ellos sí, pero para los catalanes no.

Y aquí, como catalán en Madrid, quiero contar cómo siento. Creo, antes de nada, que todos los pueblos tienen el derecho a decidir libremente su futuro y que lo que vienen pidiendo hace años en Catalunya no es más que eso, primero en forma de Estatut y actualmente en forma de referéndum. Entiendo que el desencanto de los catalanes ha surgido a raíz de las constantes negativas y menosprecios desde Madrid.

Pero entiendo que en España mucha gente lo haya concebido como un desafío, una amenaza y una necesidad de romper el Estado Español. Es difícil encontrar a alguien que comprenda el sentir catalán. Vicente del Bosque es un buen ejemplo de ello y las veces en las que públicamente lo ha defendido le han machacado. Puntos de vista muy alejados, teorías interesadas que se retroalimentan y poco diálogo. Los extremos cada vez más alejados y menos puntos de conexión.

Es triste, pero es la realidad. Y es complicado vaticinar cuál es su final. Es más, tengo la sensación que esto es sólo el principio.

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